
La mancha de café en la esquina del cuaderno ya se secó, pero dejó un relieve que puedo sentir con la yema del dedo. Son las siete de la mañana en Pocitos y el primer auto acaba de pasar por la rambla, rompiendo el silencio del domingo. Ayer descorché una botella que me traje de Carmelo hace unas semanas, al inicio de esta primavera, y todavía tengo el gusto a río y a piedra pegado al paladar.
No soy sommelier, eso ya lo saben. Soy la que se mudó a Montevideo escapando de los alquileres de Palermo y terminó enamorada de una ruta que antes solo usaba para ir al Buquebús. Me parece ridículo haber vivido casi un año acá antes de darme cuenta de que el paraíso estaba al final de la Ruta 1, a solo 180 kilómetros de mi casa. Pero bueno, así es el cuaderno: anota lo que aprendo mientras lo aprendo.
El viaje que cambió el Malbec de súper
Pasé años tomando los mismos tres Malbec de góndola en Buenos Aires. Eran cómodos, conocidos, no te fallaban pero tampoco te hablaban. Cuando crucé el charco en 2023, me encontré con un mundo que me obligó a prestar atención. Colonia no es solo el Barrio Histórico con sus piedritas y sus fotos de Instagram; es una zona que te sacude el prejuicio de que en Uruguay solo se toma Tannat potente.

Un fin de semana largo de marzo, con el calorcito todavía apretando, agarré el auto y me fui para Carmelo. Ahí entendí lo que dicen los que saben sobre el suelo pedregoso. Al entrar en una cava de piedra vieja, el aroma a tierra mojada y eucalipto se mezclaba con el olor a barrica de una forma que casi podías masticar. No es marketing. Es la humedad del río chocando con el campo.
En Colonia, los viñedos tienen una ventaja natural: la cercanía al Río de la Plata funciona como un aire acondicionado gigante que evita que las plantas se mueran de frío en invierno o se cocinen en verano. Es esa latitud 34 sur la que le da a la uva un carácter que no encontrás en Canelones o Maldonado. Es una zona de bodegas boutique, de esas donde el que te sirve la copa probablemente tenga el mismo apellido que la etiqueta.
Más allá del Tannat: La sorpresa mineral
Si bien el Tannat es nuestra bandera desde que Pascual Harriague lo introdujo allá por 1870, Colonia está haciendo algo distinto. Mi gran descubrimiento de este invierno fue que el verdadero potencial de la zona reside en sus blancos minerales. Siempre pensé que los blancos eran para tomar con hielo al lado de la pileta, una cosa ligera y sin mucha historia. Qué equivocada estaba.
Probé un Albariño costero que me voló la cabeza. Tenía una estructura que me recordó más a un tinto que a un jugo de frutas. Si querés profundizar en esto, hace un tiempo escribí sobre cómo entender la diferencia entre vino tinto y blanco según su estructura, algo que me ayudó a dejar de mirar a los blancos con condescendencia.

Ese blanco en particular me desafió. No buscaba ser dulce ni complaciente. Tenía un dejo de sal, como si la brisa del río hubiera quedado atrapada en el corcho. Fue el momento en que cerré el cuaderno y me dije que no podía seguir comprando solo por la etiqueta linda.
Vinos que anoté para repetir (y uno que no)
En mi cuaderno de tapa dura tengo una lista de recomendados de la zona que todo aficionado debería buscar en las vinerías de la calle 21 de Setiembre o en su próxima escapada:
- El Cabernet Franc de Carmelo: Mucho más elegante y menos “maderoso” de lo que esperaba. Huele a pimiento verde recién cortado.
- El Albariño de suelos graníticos: Olvidate de la fruta tropical, esto sabe a piedra fría y es increíble para acompañar unos quesos fuertes de la zona.
- El Tannat de guarda: Pero ojo, buscá los que tienen menos paso por madera para sentir la fruta real.
Por honestidad brutal: en una tarde gris de julio probé un blend de una bodega muy famosa que me costó casi lo mismo que un asado para cuatro y no pude terminar la copa. Estaba tan cargado de roble que parecía que estaba masticando un mueble viejo. No siempre lo más caro es lo que mejor le cae a tu paladar de domingo.

Pequeños rituales de mostrador
No necesitás un curso de sommelier para disfrutar esto. Yo sigo siendo la misma que confunde un Pinot Noir con un Tempranillo si las botellas son parecidas, pero ahora al menos sé por qué me gusta lo que me gusta. Mi cuaderno se llena de manchas de vino y notas que solo yo entiendo, como "esta botella sabe a la tarde que pinchamos un neumático en la Ruta 21".
A veces, cuando vienen amigos, trato de hacerme la que sabe y organizo una cata de vinos a ciegas para ver si realmente distinguimos el terroir de Colonia de uno de Canelones. Casi siempre fallamos, pero la risa es mejor que cualquier medalla de concurso internacional.
Ojo, una aclaración necesaria: yo escribo esto desde mi cocina y mi curiosidad. No tengo formación médica ni científica. Si tenés dudas sobre el consumo de alcohol o cómo afecta tu salud, hablá con tu médico de cabecera. Yo solo sé que una copa bien elegida un sábado a la noche me reconcilia con la semana que pasó.

La última línea antes del mate
Colonia es el secreto mejor guardado de Uruguay porque todavía se siente artesanal. Podés caminar entre las hileras de vides y sentir que la tierra es de verdad, no un decorado para turistas. Cada vez que vuelvo por la Ruta 1, me traigo un par de botellas que no se consiguen en el súper de la esquina de casa.
El agua del mate ya está en su punto. Guardo el cuaderno, cierro la botella que sobró de anoche (le puse el corcho medio de costado, como siempre) y me quedo mirando cómo la luz del sol empieza a bañar los edificios de Pocitos. Colonia está ahí nomás, esperando el próximo fin de semana libre.