
El agua del mate está por hervir y yo sigo mirando la mancha de café en la esquina del cuaderno. Es domingo. El primer auto acaba de pasar por la rambla de Pocitos y el ruido me hizo pensar en la cata de mayo. ¿Ese Tannat era bueno o solo me divertí?
Un apunte antes de seguir: en este cuaderno vas a ver enlaces a cursos de Hotmart. Si terminás anotándote en uno, la plataforma me da una comisión chiquita. A vos no te sale ni un peso uruguayo más, el precio es el mismo, pero a mí me ayuda a mantener el sitio. Todo lo que menciono acá lo pagué con mi tarjeta y pasó por mi mostrador. Soy UX writer, no sommelier ni médica, así que si tenés dudas sobre el alcohol o tu salud, hablá con un profesional.
La trampa de la etiqueta
Pasé años tomando el mismo Malbec de supermercado porque la etiqueta me resultaba familiar. Un sábado de lluvia en mayo me di cuenta de que no sabía si me gustaba el vino o el diseño de la caja. Ahí decidí que mi departamento de dos ambientes iba a ser el escenario de una cata a ciegas. No necesitás ser experta, solo necesitás curiosidad y un poco de papel aluminio.
Organizar esto en un espacio reducido tiene sus vueltas. Los consejos que leés en internet asumen que tenés una mesa de directorio para doce personas. En mi comedor, si apoyo ocho copas, ya no hay lugar para el queso. La logística es clave para no terminar con una alfombra manchada o una copa rota contra el borde de la mesada de madera.

Preparar las botellas (y el aluminio)
El primer paso fue elegir cuatro botellas. No quería gastar una fortuna, así que busqué etiquetas que representaran cosas distintas. Usé la lógica de equilibrio que aprendí en el Curso de Coctelería de Autor Online. Ese curso me voló la cabeza con el módulo de armado de recetas propias; me enseñó a pensar en el balance entre dulce, amargo y ácido. Apliqué exactamente eso para elegir los vinos: uno más frutado, uno más seco, uno joven y uno con madera.
Después vino el ritual. Sentí el crujido metálico del papel de aluminio mientras envolvía cada botella. Me aseguré de que quedaran como cilindros plateados uniformes, sin ninguna pista de quién era quién. Les puse números del 1 al 4 con un marcador permanente que encontré en el fondo de un cajón. Es increíble cómo cambia tu percepción cuando no sabés si la botella costó lo que un asado o lo que un café en la rambla.
Un error de novata: quise enfriar un Sauvignon Blanc en el freezer diez minutos y me lo olvidé una hora. Cuando llegó el primer invitado, era un bloque de hielo granizado. Tuve que improvisar y pasarlo a una jarra para que se derritiera un poco. Aprendizaje: el frío es amigo, pero el freezer es un traidor si te distraés con el UX de un cliente argentino un viernes a la tarde.
La logística del espacio reducido
En un departamento chico, el orden de las copas es un rompecabezas. No tengo doce copas iguales. Mezclé las de vino tinto con unas de agua que tienen forma parecida. Lo importante es que todos prueben lo mismo al mismo tiempo. Para los tintos, traté de que estuvieran a unos 18 grados Celsius. Si el vino está más caliente, el alcohol te tapa todo; si está más frío, no sentís nada.

Acá es donde entra la matemática de mostrador. Una botella estándar tiene un volumen de 750 ml. Si servís una medida de cata de unos 50 ml, te salen exactamente 15 porciones por botella. Como éramos cinco, cada botella nos rindió tres vueltas. Es la medida justa para mojar la lengua, anotar algo y pasar al siguiente sin terminar bailando arriba de la mesa antes de las diez de la noche.
El cuaderno y el framework
Mientras probábamos un Tannat joven, sentí esa sequedad característica en las encías. Es una uva que acá en Uruguay es ley, pero si no respiró lo suficiente, te deja la boca como si hubieras masticado un cartón. Les pasé a mis amigos una hoja con el mismo esquema de balance "dulce-ácido-amargo" que uso para mis notas de cócteles. Me preguntaba si se darían cuenta de que estaba usando un framework de trabajo para juzgar un Malbec, pero estaban demasiado ocupados tratando de adivinar el precio.
El momento de la verdad
Lo más divertido fue cuando destapamos las botellas al final de la noche. La que todos pensábamos que era la más cara resultó ser la más barata del súper de la esquina. Hubo un silencio en la cocina, solo se escuchaba el ruido de un auto pasando por la calle 21 de Setiembre. Ahí te das cuenta de cuánto nos influye el marketing.
Miramos las "lágrimas" del vino en la copa. Alguien dijo que eso era señal de calidad, pero me acordé de lo que leí sobre el efecto Marangoni: en realidad solo te dice cuánto alcohol tiene, no qué tan rico es. Si querés profundizar en esto, te recomiendo mirar el Master en Coctelería y Mixología, que tiene unos módulos sobre vinos de mesa que me sirvieron para entender estas cosas técnicas sin aburrirme.

Si recién estás arrancando y querés algo más directo para no pifiarle a los clásicos, el Curso de Coctelería Clásica Online es imbatible por el precio (podés chequear el valor actual en su web, que a veces cambia). Me sirvió para entender las bases antes de ponerme a inventar catas raras en el living.
Cosas que anoté para la próxima:
- Tener más agua a mano. En serio, mucha agua.
- No usar servilletas de papel baratas; se deshacen y terminás con pedacitos blancos en la copa.
- Si el vino es un tinto con mucha potencia, conviene decantarlo un rato antes de que lleguen todos.
- Anotar en el cuaderno qué taninos sentí antes de que el grupo empiece a opinar, para no dejarme influenciar.

El silencio del domingo
Ahora estoy acá, con el cuaderno abierto y el sol de octubre entrando por la ventana del patio interno. La cata me enseñó que "ciegas" no es solo tapar la etiqueta, es destapar el gusto. Es sacarle el peso a la marca y dejar que el líquido hable. Al final, lo que queda no es el ranking de puntajes, sino el recuerdo de la risa de mis amigos cuando se dieron cuenta de que el vino de caja les gustó más que el de reserva.
Si tenés ganas de probar algo distinto el próximo sábado, envolvé un par de botellas en aluminio. No necesitás una cava, solo un par de amigos que no tengan miedo a equivocarse. Podés empezar entrenando con lo que ya tenés en casa, como cuento en esta nota sobre cómo entrenar el sentido del gusto.
El termo ya está casi vacío. El cuaderno tiene una mancha nueva de café y afuera el viento de la rambla empieza a soplar más fuerte. Me queda una botella sin abrir de anoche. Capaz la dejo para el próximo sábado, o capaz la abro hoy para ver si, sin el papel de aluminio, me sigue pareciendo tan honesta.