
La mancha de café en la esquina derecha de mi cuaderno ya es parte del diseño. Casi que me sirve de guía para saber dónde apoyar el dedo mientras espero que termine de hervir el agua del primer mate. Hoy el silencio de Pocitos es total. Solo se escucha algún auto perdido bajando por la Rambla y el ruido seco de la cubetera cuando le pego para que suelte los hielos que quedaron de anoche. El cuaderno está casi lleno. Empezó en febrero de 2024 como un capricho para llenar los domingos y hoy es mi manual de supervivencia en este departamento de dos ambientes al que todavía le estoy agarrando el gusto.
Un apunte administrativo antes de seguir: en estas páginas vas a encontrar algunos enlaces a cursos de Hotmart. Si terminás comprando alguno, a mí me queda una comisión chiquita que me ayuda a seguir comprando botellas raras. A vos no te sale ni un peso uruguayo más, el precio es el mismo. Solo recomiendo lo que pasó por este mostrador y por mi tarjeta, como el curso de autor que me cambió la forma de ver lo que tengo en la alacena. Si querés ver lo que no me funcionó, al final siempre dejo mis notas de lo que dejé sin terminar.
El encuentro con la botella de la esquina
Todo empezó un sábado de julio, de esos donde la humedad de Montevideo se te mete en los huesos y no hay estufa que alcance. Bajé al súper de la esquina y vi la botella. Grappamiel. Es el clásico uruguayo, el que ves en las petacas de los pescadores en el muro o en los boliches del centro cuando el frío aprieta. Pero yo la miré con otros ojos. Pensé que si podía organizar un flujo de pagos complejo para una fintech —que es a lo que me dedico de lunes a viernes—, debería poder balancear un trago con solo cuatro ingredientes sin que parezca un jarabe para la tos.
La grappamiel es curiosa. Por ley acá tiene que tener entre un 20% y un 30% de graduación alcohólica y al menos un 10% de miel natural. Es dulce, sí. Es densa, también. Pero tiene ese fondo de orujo, ese alma de uva que viene de las casi 1.500 hectáreas de Tannat que tenemos plantadas en el país. El problema es que solemos tratarla con poco respeto. La mandamos al freezer hasta que se hace un jarabe helado o la tomamos de un saque en un vaso de plástico. Error.

La lógica del autor en mi cocina
Para sacarla del lugar de "bebida para el frío" tuve que sentarme a estudiar. No me refiero a ir a una academia, sino a entender la estructura. Me sirvió mucho lo que aprendí en el Curso Coctelería de Autor Online. Ahí entendí que la grappamiel no es una base alcohólica fuerte como un gin o un vodka; funciona mucho mejor si la tratás como un licor complejo. En la coctelería de autor, el secreto está en el equilibrio entre el dulce, el ácido y el amargo.
Recuerdo el momento exacto en que serví la primera medida en el jigger. La forma en que ese líquido ámbar y espeso baña las paredes del vaso medidor es hipnótica. Huele a uvas calentadas por el sol y a esa miel de eucaliptus que te daban de chica. En ese momento, mi monólogo interno era puro UX: "Si el usuario (yo) siente mucho dulzor en el primer paso, va a abandonar la experiencia antes del segundo trago". Necesitaba urgencia de acidez. Necesitaba algo que cortara esa densidad.
Me di cuenta de que para crear recetas de coctelería de autor originales no hace falta tener una barra profesional. Con un frasco de mermelada vacío para batir y una cuchara larga me alcanzó. Empecé a probar con jugo de limón fresco y unas gotas de bitter. La clave fue dejar de ver la miel como un estorbo y empezar a verla como el vehículo que transporta los otros sabores.
El mito del freezer y la temperatura justa
Acá es donde me pongo firme, aunque no sea sommelier ni pretenda serlo. Hay una costumbre muy arraigada de servir la grappamiel helada. Entiendo el punto: el frío anestesia las papilas y hace que el alcohol pase más fácil. Pero en la coctelería de autor, eso es pecado. El frío extremo anula los matices botánicos de la miel y esconde el carácter del orujo. Si la vas a usar para un cóctel, usala a temperatura ambiente o apenas refrescada.
Cuando empecé a aplicar las técnicas de mixología para aficionados, noté que si la bebida está muy fría, no se integra con los cítricos. Se separa. Queda una capa dulce abajo y el jugo arriba. En cambio, si la trabajás a unos 18 grados, el trago se vuelve una seda. Es la diferencia entre un mensaje de texto mal escrito y una nota de voz donde se entiende cada intención.

Mi primer éxito: El "Pocitos Sour"
Después de tres sábados de tirar mezclas por la bacha de la cocina (una me quedó tan dulce que la pollera que manché todavía tiene el pegote), llegué a algo que anoté con doble círculo en el cuaderno. No es un sour clásico porque la grappamiel ya tiene el azúcar incorporado, así que no hace falta almíbar. Es pura matemática de mostrador.
- Dos partes de grappamiel (la que tenga mejor olor a miel en el súper).
- Una parte de jugo de limón (recién exprimido, nada de botellitas plásticas).
- Un chorrito de clara de huevo (para la textura, como aprendí en las bases de coctelería clásica).
- Dos golpes de amargo de angostura.
Lo batí con fuerza, escuchando cómo el hielo golpeaba el metal del frasco. El resultado fue una espuma densa, color crema, con un aroma que llenó la cocina. No era el trago rudo de boliche; era algo elegante, equilibrado. El tipo de cosas que te hacen sentir que mudarte a otro país y empezar de cero en una cocina extraña valió la pena.
Aprender a fallar (y a consultar)
Claro que no todo fue lindo. Hubo un fin de semana en que intenté mezclarla con un Tannat joven porque me sentía muy creativa. Fue un desastre. El sabor a metal y la astringencia de la uva chocaron de frente con la miel. Parecía que estaba tomando medicina vencida. Ahí entendí que hay que saber cuándo parar. Por cierto, yo no tengo formación médica ni soy nutricionista. Si tenés alguna condición o el alcohol te cae mal, hablá con tu médico. Yo solo soy una UX writer que escribe sobre lo que toma los sábados a la noche.
Lo que sí te puedo decir es que si querés avanzar más rápido que yo, el Curso Coctelería de Autor Online es el que más me marcó. Tiene un módulo sobre cómo armar tu propia receta que me sacó el miedo a equivocarme. A veces me preguntan por el precio, y siempre digo lo mismo: fijate en la página de ellos porque siempre cambia, pero para mí valió cada centavo solo por dejar de tirar botellas a la basura porque no sabía cómo combinarlas.

El cuaderno no miente
Hoy es domingo. El agua del mate ya está lista. Miro el vaso corto que quedó sobre la mesa desde anoche. Tiene un anillo de agua derretida en el fondo, pero el aroma a miel persiste. Logré lo que quería: que la grappamiel dejara de ser un recuerdo de invierno para ser una herramienta de autor.
Si estás empezando, no te compliques con herramientas caras. Una cuchilla mellada por un tomate sirve igual para cortar una piel de limón si tenés cuidado. Lo importante es la curiosidad. Si sentís que necesitás una base más tradicional antes de inventar, podés mirar el Curso Coctelería Clásica Online, que es más sólido para arrancar con los nombres que todos conocemos.
Cierro el cuaderno por hoy. El sol ya pega de lleno en el patio interno del edificio y es hora de empezar el domingo. La receta de anoche se queda grabada, no solo en el papel, sino en esa sensación de haber encontrado algo propio en una ciudad que ya empiezo a sentir mía. Mañana vuelvo a los flujos de la fintech, pero el próximo sábado, la grappamiel me espera otra vez sobre la mesada de madera.