
La mancha de café en la esquina derecha del cuaderno ya se secó. Es domingo en Pocitos. El agua del mate está por hervir y el sol pega de costado en la mesada. Abro el cuaderno en la página 42. Ahí, al lado de un círculo rojo de vino, empieza mi mapa de este año.
El cuaderno y la división del mapa
Me mudé a Montevideo en 2023 escapando de los precios de Palermo, pero recién ahora, en este 2026, siento que entiendo dónde estoy parada. Mi cuaderno de tapas duras es el testigo. Empecé a anotar botellas por puro aburrimiento los domingos a la mañana. Lo que al principio era una lista de "me gusta" o "no me gusta", se terminó convirtiendo en una división geográfica sin que me diera cuenta.
Revisando las notas de las últimas semanas, noto un patrón. Mis sábados a la noche se dividen en dos grandes mundos: el barro y la piedra. O, para ponerle nombres de ómnibus de línea, Canelones y Maldonado. No soy sommelier ni pretendo serlo. Soy una UX writer que a veces todavía confunde un Pinot Noir con un Tempranillo si la botella tiene la misma forma. Pero el paladar no miente, y el cuaderno tampoco.

Esa mancha en la página 42 es de un sábado de mediados de julio. Hacía un frío de esos que te obligan a prender el horno aunque no cocines nada. Esa noche probé un tinto que me hizo pensar en lo que realmente significa vivir acá. Uruguay tiene casi el 60% de sus viñedos en Canelones. Es nuestro patio de atrás, el lugar donde están las bodegas que tienen el apellido de los dueños en la puerta.
Canelones: mucho más que el patio de atrás
En Canelones el suelo es pesado. Es arcilla, es barro, es tierra que retiene el agua. Eso se nota en la copa. Cuando servís un Tannat de esa zona, sentís que tiene cuerpo. No es un vino para tomar a la ligera mientras mirás una serie. Es un vino que te pide un asado o, al menos, un guiso de lentejas que estuvo dos horas al fuego.
El Tannat es nuestra cepa bandera, ocupa más o menos un tercio de toda la superficie plantada en el país. En Canelones, ese tercio se siente como una columna vertebral. Aprendí a los golpes —y con alguna que otra pollera manchada— que estos vinos tienen una estructura que asusta al principio. Es lo que algunos llaman taninos, esa sensación de que la lengua se te queda un poco pegada al paladar.
Pero acá va mi primera opinión de aficionada: a Canelones se lo subestima. Ahora todo el mundo habla de los vinos oceánicos, pero los suelos arcillosos de Canelones tienen un potencial de guarda que me sorprendió. Una botella que me olvidé tres meses detrás de la heladera —un descuido total— estaba mucho más equilibrada que cuando la compré. Ese barro canario hace que el vino aguante el paso del tiempo de una forma que la piedra no siempre logra.

Obviamente, esto lo digo desde mi mostrador de madera, con la cubetera que no quiere soltar el hielo y mi total falta de formación académica. No soy profesional de la salud ni experta en química. Si el vino te cae pesado o tenés dudas sobre cuánto tomar, hablá con tu médico. Yo solo anoto lo que siento cuando el primer sorbo me baja por la garganta un sábado a las nueve de la noche.
Maldonado y el viento que sopla desde el Este
Después está el otro lado. Una tarde ventosa de agosto, de esas donde la Rambla te vuela los pelos, me dio por abrir algo de Maldonado. Es un mundo distinto. Si Canelones es barro y tradición, Maldonado es piedra y mar. Allá el suelo se llama "balasto". Es un granito viejo, viejísimo, dicen que tiene como 2500 millones de años. Imaginate, esa piedra estaba ahí mucho antes de que nosotros inventáramos el concepto de fin de semana.
Los vinos de Maldonado, sobre todo los que están cerca de Garzón o José Ignacio, tienen una frescura que te sacude. No tienen esa pesadez del tinto clásico. Tienen algo salino, algo que te hace pensar en la arena húmeda. Son ideales para esas tardes donde el sol todavía no se fue del todo. Si te interesa explorar ese lado más fresco, a veces un buen rosado de la zona es el camino de entrada, como esos vinos rosados uruguayos ideales para el verano que tanto me gustan.
Pero no todo es color de rosa. Un sábado de agosto intenté maridar un blanco muy mineral de Maldonado con una pasta con tuco que me había sobrado del mediodía. Error fatal. El vino desapareció. Era como querer escuchar un podcast al lado de una obra en construcción. Maldonado pide sutileza: un pescado, una ensalada con algo de gracia, o simplemente una charla sin comida de por medio.

La duda en la góndola: ¿barro o piedra?
A veces me quedo cinco minutos parada frente a la góndola del súper de la calle 21 de Setiembre. Es esa duda silenciosa: ¿quiero algo que sepa a domingo de asado o algo que sepa a tarde de playa? La respuesta depende de qué tan largo fue el día de trabajo. Si los clientes de Argentina me volvieron loca con los cambios de último momento, busco la contundencia de Canelones. Si la semana fluyó, me voy para el Este.
Aprendí también que la temperatura es clave, aunque no tenga termómetro y use el dedo para calcular. Un vino de Canelones muy frío se cierra y no te dice nada. Uno de Maldonado caliente es un pecado. Siempre trato de servir el vino a la temperatura ideal usando el viejo truco de la heladera unos minutos antes, nada de cosas raras.
En el cuaderno tengo anotada una botella de finales de septiembre que no pude terminar. Era un blend de Maldonado que me resultó demasiado ácido, casi como morder un limón verde. Quizás fue la copa, quizás fue el día. Pero esa es la gracia de no ser sommelier: me permito que no me guste algo que según las revistas es "un éxito". Mi cocina, mis reglas.

Al final del día, el mapa de Uruguay se me va dibujando en la cabeza sorbo a sorbo. No necesito un GPS para saber que estoy en casa cuando el Tannat me tiñe un poco los labios. El mate ya está listo. El agua dejó de hacer ruido y el vapor empañó un poquito la ventana que da al patio interno. Cierro el cuaderno. La semana que viene veré si me toca barro o me toca piedra. Por ahora, el café todavía está tibio y el domingo recién empieza.