
La cubetera no suelta el hielo de anoche. La golpeo contra el borde del mostrador y dos cubos caen al fondo de un vaso corto que quedó ahí desde el sábado. Atrás, el carrito de bar sigue exactamente como lo dejé: una botella de Campari que no entra en el único estante libre, dos copas que se juntaron ahí sin que nadie las pusiera a propósito, y el cuaderno tapa dura abierto en la esquina de siempre, con la mancha de café de hace tres domingos pisando la letra de ayer. Vivo en un departamento de dos ambientes en Pocitos, y hace semanas que ese rincón de los tragos se parece más a un depósito que a un carrito organizado.
Antes de seguir, la parte administrativa: algunos de los cursos que menciono en este cuaderno llegan con un enlace de Hotmart. Si te anotás en alguno a través de ese enlace, a mí me queda una comisión y a vos no te cambia un peso el precio. Escribo solamente sobre lo que pasó por este mostrador — y por mi propia tarjeta —, y si algo me pareció caro o flojo, lo digo en la parte donde cuento lo que no me sirvió.
Este carrito lo encontré en un puesto del Mercado del Puerto, en Ciudad Vieja, un sábado que fui a caminar sin buscar nada puntual. Es petiso, de metal, con dos estantes que en la foto del puesto parecían enormes y en mi cocina resultaron chicos. Eso me hizo pensar que organizar un departamento pequeño no es cuestión de comprar más — es decidir qué se queda y qué no.
La jerarquía que uso también en el trabajo
Curro escribiendo textos de interfaz para clientes uruguayos y uno argentino, y ahí todo el día es decidir qué ve primero un usuario y qué queda escondido en un menú. Un sábado me pregunté por qué me costaba tanto decidir dónde iba el vermut, y la respuesta fue la misma que uso en el trabajo: no todo se gana el mismo lugar. Las botellas que uso seguido — el gin, el vermut, el Campari — van arriba, a la altura de la mano. Las que abro cada tanto bajan al fondo, alineadas contra la pared, atrás de la heladera, donde no estorban.

El jigger es lo único que no escondo. Es esa medida de metal con forma de reloj de arena, marcada en onzas de los dos lados, y queda siempre al lado del cuaderno porque es lo que más uso. Eso sí, descubrí que tener cinco botellas de vino abiertas al mismo tiempo era un error de principiante — el vino abierto no aguanta mucho, así que ahora dejo afuera solamente la botella de la semana y el resto queda guardado, lejos de la ventana.
Mis primeras notas no me servían
Durante meses anoté en el cuaderno nada más que "estuvo rico" o "no me gustó", al lado de cada botella o cada trago nuevo. Ninguna de esas dos frases me servía tres semanas después. Abría la página, veía "no me gustó" al lado del nombre de un vermut, y no tenía la menor idea de si era por el amargor, por la temperatura, o porque esa noche estaba de mal humor. El cuaderno se llenaba y yo seguía sin entender nada.
Lo que cambió el cuaderno — y de paso el carrito — fue empezar el Curso Coctelería de Autor Online. No lo abrí por el certificado, sino porque tenía un módulo puntual sobre cómo armar una receta propia, y ahí apareció por primera vez la idea de pensar cada botella según su perfil — dulce, amargo, ácido — en vez de mirar solo la etiqueta. Es de los más caros que vi en el catálogo de Hotmart para este tema, y todavía no estoy segura del todo de que valga la pena para alguien que no piensa vender tragos algún día. Pero esa parte puntual sí me cambió cómo anoto: ahora, en vez de "no me gustó", escribo qué perfil falló.
Si alguien me pregunta por dónde arrancar sin gastar tanto, contesto distinto: el Curso Coctelería Clásica Online es más simple y bastante más barato, cubre los tragos de siempre — negroni, daiquirí, mojito — sin vueltas, y sirve de base antes de complicarse con algo propio. No enseña a inventar nada, pero tampoco promete eso.
El estante de abajo, pensado para el gato de la vecina
La vecina del 3B tiene un gato que salta al carrito apenas queda la puerta del balcón entreabierta. Las revistas de decoración dicen que pongas las botellas más lindas abajo, a la vista. Con un gato curioso circulando por el edificio, esa regla no sirve de nada. El estante inferior del mío tiene solamente lo irrompible: servilletas de tela, posavasos, y las herramientas de metal más pesadas. Las botellas van todas arriba, donde una cola de perro feliz o un gato aburrido no las alcanza.

Los licores los guardo parados, nunca acostados. Es una costumbre que agarré por las malas, con una botella que quedó de costado más tiempo del que debería. No voy a explicar la química — ni la entiendo del todo —, pero desde entonces los licores van parados y el vino de la semana, que se toma rápido, puede quedar donde caiga.
Para profundizar en cómo elijo la copa además de la botella, escribí aparte sobre tipos de copas para cócteles de autor, que es otro tema que ocupa espacio en un carrito chico.
Organizar por sabor en vez de por etiqueta
En las primeras semanas de frío empecé a organizar el carrito por perfil de sabor en vez de por marca o por lo linda que fuera la etiqueta. Si quiero entender por qué algo funciona antes de romper la receta, vuelvo a las bases de la coctelería clásica — ahí está la lógica de casi todo lo que preparo un sábado.

Cuando dejé de comprar por la etiqueta, el carrito cambió de verdad. Ya no tengo diez botellas parecidas entre sí. Tengo una por perfil, lo cual me obliga a ser más creativa con lo que hay a mano. Si puedo ordenar la arquitectura de información de una aplicación para tres clientes distintos, ordenar un estante de bebidas no debería ser física cuántica.
Para quien quiera ir más a fondo con el tema, hay un Master en Coctelería y Mixología bastante extenso, con módulos sobre vinos de mesa que me sirvieron incluso para elegir botella en alguna cena de domingo. Tiene pocas reseñas todavía, así que lo empecé medio a ciegas — lo aviso siempre que alguien pregunta.
Preguntar en la vinería sin pedir perdón primero
La semana doce trajo algo distinto. Entré a una vinería chica de la calle 21 de Setiembre y pregunté por un vermut sin el paso previo de siempre — ese "perdón, no sé nada de esto" que ponía antes de cualquier pregunta. El de mostrador me contestó derecho, sin la cara que ponen cuando alguien evidentemente no tiene idea.
No fue una revelación ni nada solemne. Fue, nada más, que la pregunta salió distinta, y la respuesta también salió distinta.
Marcos, el vecino del edificio de al lado, vino un viernes con una botella nueva sin abrir, como hacemos cada vez que alguno estrena algo. Miró el carrito ordenado y preguntó si ahora cobraba entrada. Se rió, y como siempre, terminó contando de nuevo la historia del único espumante caro que tomó en su vida — ya me sé la anécdota de memoria, pero lo dejo terminarla igual.
Un lector de Punta Carretas, Hugo, dejó hace poco un comentario largo en una de las entradas: contó que en su casa hacen algo parecido con las botellas, aunque nadie le había preguntado. Me hizo gracia, y también un poco de alivio — si otra persona reordena su propio estante un domingo cualquiera, este cuaderno no es tan raro como a veces parece.
El domingo, antes de que hierva el agua
Hoy, antes de cebar el primer mate, paso un repasador seco por las botellas y reordeno los amargos que quedaron fuera de lugar el sábado a la noche. Reviso que el vermut de anoche haya quedado bien tapado en la heladera — es una costumbre que sostengo aunque nadie me pida el motivo.

La luz de la ventana del patio interno entra casi horizontal a esta hora, y cuando paso una copa por ahí queda completamente a contraluz, como si tuviera algo adentro que todavía no serví. Es una tontería, pero me gusta ese segundo antes de guardarla.
Para quien recién empieza a mezclar sus propias recetas, dejé por separado los pasos para crear recetas de coctelería de autor originales — ayuda bastante a bajar la ansiedad de querer comprar el carrito entero en una sola tarde.

El sol ya pega de lleno sobre el mostrador. La cuchilla que usé ayer para cortar un limón sigue ahí, sin lavar. El cuaderno queda abierto en una página en blanco, esperando el sábado que viene. Cebo el primer mate y el carrito, por una vez, se queda quieto y ordenado detrás de mí.