Diario de Copas

Cómo leer etiquetas de vino para elegir una buena botella

Botella de vino tinto con la etiqueta a la vista, el primer paso para elegir sin adivinar

Cuatro cosas reviso en una etiqueta de vino tinto antes de que la botella entre al changuito, y el dibujo no es ninguna de las cuatro. En la góndola del Ta-Ta de Bulevar Artigas la mayoría elige por el color del vidrio o por si el nombre suena lindo en voz alta. Yo aprendí, después de bastante vino que no volvería a comprar, a mirar otra cosa: una lista corta para principiantes, de qué revisar antes de pagar.

Trabajo escribiendo microcopy — el oficio se llama UX writing, los textos cortos de botones y mensajes de error — y eso me dejó una manía: leo cualquier etiqueta como si fuera una interfaz. La de una botella de vino tinto es una interfaz bastante mala, la verdad. Mucho adjetivo, poco dato. Si ese diseño pasara por mis manos, la mitad de las palabras poéticas se irían para dejar lugar a lo que de verdad sirve.

Yamila, una amiga de hace años que ahora vive en Rosario, me manda fotos de etiquetas cada tanto con la misma pregunta: "¿esto vale la pena?". Nunca sé qué contestarle mirando solo la foto. Antes probé memorizar el mapa de las zonas vinícolas — Canelones, Maldonado, las que aparecen en cualquier folleto — sin abrir una sola botella distinta a las tres de siempre. Los nombres se me mezclaban apenas cerraba la pestaña. No sirvió de nada: la teoría sola no enseña a mirar una etiqueta real, parada frente a la góndola, con poco tiempo y alguien esperando atrás.

Lo primero que reviso en una etiqueta de vino tinto

El papel de una etiqueta con relieve se siente distinto bajo el dedo, más grueso, casi como cartulina cara. Es lindo al tacto. No dice nada del vino que tenés adentro. Aprendí a no dejarme llevar por esa textura — es diseño, no información — y a mirar en cambio la parte de atrás de la botella, que es donde está el dato que importa.

Dedos tocando el relieve de una etiqueta de vino tinto, textura que no dice nada del contenido

Ahí, en la contraetiqueta, suele figurar un número de registro de la bodega ante el INAVI. Es más burocracia que otra cosa, pero funciona como un documento de identidad: si no está, no significa que el vino sea malo, pero sí que estás comprando sin marca, como en la feria. Puede salir bien. También puede terminar en una noche buscando cómo saber si el vino está picado o en mal estado apenas lo servís.

Contraetiqueta de vino con el número de registro INAVI, el dato clave para principiantes

El significado real del año de la cosecha

El Tannat es la uva que más se repite en las góndolas de acá, y durante bastante tiempo leí el año que trae la etiqueta pensando que marcaba cuándo había salido a la venta la botella. No es así. Marca el año en que se cosecharon las uvas, nada más: la foto de ese verano, lluvioso o seco. Un vino joven, del año pasado, pide otra cosa que uno con varios años ya encima.

Todavía se me mezclan un Pinot Noir y un Tempranillo si vienen en botellas parecidas, así que tampoco me hago la experta acá: el año es un dato para leer, no una garantía de nada. La región suma lo suyo — no es lo mismo un tinto de Canelones que uno de Maldonado — pero ese gusto de lugar da para otro domingo entero, no para este.

La trampa de 'Reserva' y 'Gran Reserva'

Mauro, un lector de Buenos Aires que cruza seguido para acá, me escribió la semana pasada con una pregunta bien puntual: cómo saber si una Reserva uruguaya realmente vale lo que promete la palabra. Buena pregunta, porque no hay una respuesta única. En España la palabra viene con una regla escrita detrás: el vino tuvo que esperar un tiempo mínimo antes de salir a la venta. Acá y en Argentina es más floja: a veces es una promesa real, a veces una decisión de marketing con una etiqueta más cara. La regla que uso: si la bodega no dice en ningún lado cuánto tiempo pasó ese vino en barrica o en botella, trato la palabra 'Reserva' como un adjetivo más, no como un dato.

Ignorar las medallas de la etiqueta

Las medallas y los premios en la etiqueta son mi ejemplo favorito de diseño que dice mucho y no dice nada. La mayoría son compras de bajo costo, poco exigentes, y funcionan como los stickers que ponían en los cuadernos de la primaria: brillan, pero no certifican nada. Un vino que se banca solo en la boca no necesita tres medallas doradas de un concurso que nadie del otro lado del mostrador conoce. Cuando veo una etiqueta cargada de sellos y poco texto real, sospecho más que cuando veo una etiqueta simple con la cosecha y el registro bien visibles.

Etiqueta de vino tinto con medallas junto a otra de diseño simple, comparación de dos estilos

Cuando llego a casa con la botella elegida la apoyo en la mesada, y me quedo un segundo con el golpe sordo y pesado que hace el vidrio lleno contra la madera. Eso tampoco dice nada del vino. Me gusta igual.

Una vez cambié el aperitivo de un Negroni sin avisar, y quien lo tomó notó la diferencia antes de que yo dijera una palabra. Con las etiquetas pasa algo parecido: el detalle está ahí, escrito, aunque nadie te lo señale primero.

Ese mismo dato de graduación alta, después, me sirve para pensar qué le pongo al lado en la mesa; el maridaje es harina de otro costal, con su propio proceso aparte.

Cuaderno de notas con anotaciones sobre etiquetas de vino tinto probadas cada fin de semana

Lo que fui aprendiendo en la cocina sobre cómo equilibrar acidez y dulzor en cócteles se aplica igual acá: si la etiqueta promete 'notas frutales' y 'mucha acidez' al mismo tiempo, ya sé que no es un vino para tomar solo, mirando una serie, sin nada al lado.

Una etiqueta no promete que el vino te va a gustar. Promete, nada más, que no estás comprando a ciegas, y con eso, para un sábado cualquiera, alcanza.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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