
El corcho todavía huele a bosque mojado apenas lo saco del sacacorchos. Esa botella de Tannat uruguayo terminó manchando bastante más que el mantel.
Antes de seguir: en este cuaderno aparecen, de vez en cuando, enlaces a cursos de coctelería que probé pagando con mi propia tarjeta. Si comprás por ahí, a mí me queda una comisión chica que no te suma ni un peso al precio final. Solo menciono lo que de verdad pasó por mi mostrador, y al final de esta entrada anoto también lo que no funcionó, para que quede parejo.
Mi rutina de vinos en Pocitos, antes de este Tannat uruguayo, era bastante floja. Malbec de supermercado, casi siempre la misma etiqueta, comprado sin pensarlo mucho. Cuando me mudé desde Palermo, seguí trayendo esas botellas como si cruzar el río no cambiara nada.
El miedo a la cepa que no quería tomar sola
Le tenía bastante idea al Tannat. En las pocas juntadas a las que fui después de mudarme, siempre escuchaba lo mismo: que es un vino fuerte, que raspa, que sirve para un asado largo y nada más. Yo todavía confundo un Pinot Noir con un Tempranillo si la botella tiene una forma parecida — la diferencia entre cepas es un tema que otra entrada de este cuaderno explica mejor de lo que yo podría acá. No quería abrir una botella y sentir que estaba perdiendo una pelea en mi propia cocina.

La primera copa fue una pelea, no una cata
Serví apenas dos dedos en el vaso corto, el único que tenía a mano. El color era un violeta casi opaco, como tinta recién cargada en una lapicera. Lo primero que sentí fue ese fruncido en las mejillas, un vino con mucha personalidad y poca paciencia para explicarse. En el cuaderno anoté nada más que "muy seco" y "me manchó los labios" — no tenía mejores palabras esa noche.
Lo que después entendí es que el Tannat no nació acá. Es una cepa que cruzó el océano desde el suroeste de Francia, de la zona vasca, traída por inmigrantes vascos en el siglo diecinueve. Lo curioso es que en Uruguay da vinos de taninos bastante más suaves que en su tierra de origen, algo del suelo o el clima de acá le bajó la agresividad que tiene allá. Me gusta pensar que le pasó lo mismo que a mí: cruzó el charco y se acomodó distinto.
Ese domingo bajé una aplicación que promete escanear la etiqueta y tirarte un puntaje del uno al cien. La probé con la botella ya vacía, todavía con el corcho al lado. El número no me dijo nada — ni por qué, ni qué esperar la próxima vez. La borré esa misma tarde. Prefiero mi letra desprolija en el cuaderno antes que un puntaje que no explica nada.
Aprendiendo a tratar el vino como ingrediente
Lo que cambió no fue el vino, fue mi cabeza. Estaba tratando cada botella como un producto cerrado, no como un ingrediente más para cualquier coctelería aficionada con ganas de probar. Buscando qué hacer con una botella de vermut que me había quedado a la mitad — esa es otra pelea, la de los vermuts, que dejo para otra entrada — me crucé con el Curso Coctelería de Autor Online. No lo abrí para convertirme en bartender. Lo abrí porque un módulo prometía enseñar a armar recetas propias, y yo ya estaba cansada de copiar.
No es un curso barato, de los más caros que vi en ese rubro dentro de Hotmart, y todavía no tengo tan claro si el gasto se justifica para alguien que no piensa vender tragos en ningún lado. Tampoco ayuda que varias recetas piden bíteres o destilados que, sin auto y viviendo en Pocitos, cuestan bastante conseguir.

Ahí aprendí a pensar el ácido y el amargo como algo que se ajusta, no que se aguanta. Si hubiera arrancado por ese lado, por entender la base clásica antes de inventar, capaz me ahorraba varias botellas arruinadas. El Curso Coctelería Clásica Online es justamente para eso, para quien prefiere aprender lo clásico antes de salir a improvisar. Yo lo hice al revés y pagué el precio en vino desperdiciado.
No todos los sábados salieron bien
El primer trago que armé con receta propia fue un desastre dulce. Calculé mal el almíbar, quise disimular el tanino con más y más azúcar, y terminé con algo empalagoso que ni el hielo pudo salvar. Lo tomé igual, por orgullo, y dormí mal esa noche.
La semana siguiente fue peor en otro sentido. La coctelera no cerró bien, no había encajado la tapa del todo, y al agitar se me abrió en la mano. Terminé con Tannat y almíbar de mora en la remera y en el piso de la cocina. La técnica de agitado tiene su propia lógica, que otra entrada de este cuaderno explica con más paciencia de la que tuve yo esa noche.
Otro sábado abrí, sin fijarme bien, la botella que estaba guardando para una cena de la semana siguiente. Me di cuenta recién cuando ya no había vuelta atrás — la etiqueta se parecía demasiado a la que sí pensaba tomar esa noche. Desde entonces separo las botellas por ocasión antes de que llegue el sábado, no durante.
Y después está el mantel. Serví una copa con más entusiasmo que cuidado y el Tannat saltó del borde: quedó una mancha violeta que ni el lavado en frío sacó del todo. Ese mantel ahora es, oficialmente, el mantel de cata. Nadie más lo usa para nada importante.

Lo que cambió en la cuarta semana
Para la cuarta semana de este cuaderno, ya había botellas que describía distinto. Escribí que un tinto me sabía a membrillo maduro y al patio de mi abuela en invierno, en vez de anotar "bueno" y pasar la página. Fue la primera vez que una descripción mía sonaba a algo mío, y no a una etiqueta de vinería.
Un sábado a la mañana pasé por la Feria de Tristán Narvaja, en el Reducto, buscando algo distinto para esa noche. Una amiga que hace cerámica los sábados a la tarde en un taller de la calle Larrañaga me contó una vez que con el barro le pasa algo parecido: al principio todo es fuerza y apuro, después empieza a importar el detalle. Elegí una botella con etiqueta poco vistosa, medio al azar, pensando si iba a acompañar bien la cena de esa noche — maridar todavía no es un tema que domine del todo, esa cuenta pendiente queda para otra entrada.

Lo que este diario de vinos aprendió del sábado de Tannat
El Curso Coctelería de Autor Online tiene un módulo, bastante corto, sobre cómo describir un trago con tus propias palabras en vez de las de un manual. Fue ese módulo el que me animó a escribir "membrillo" en vez de buscar un adjetivo de manual de vinos.
Lo que me llevo de este sábado no es una receta ni una nota de cata prolija. Es la idea de que un vino, o un trago, o cualquier cosa que uno prueba por primera vez, no necesita un puntaje del uno al cien para significar algo. Necesita una palabra propia, aunque sea torpe, aunque sea "membrillo" y nada más.
Como siempre digo por acá: si tenés dudas sobre cuánto estás tomando o cómo te cae, la respuesta no está en este cuaderno, está en un consultorio.
La botella vacía quedó al lado del cuaderno toda la noche. Todavía no la tiré.