El primer auto pasa por la rambla y el ruido rebota en el patio interno del edificio. Son las siete y algo de la mañana. Me quedé mirando una mancha de café circular en la esquina derecha de mi cuaderno A5. El café ya se enfrió. Al lado, el vaso corto que usé anoche tiene un resto de hielo derretido, un charquito de agua mansa que sobrevivió al sábado. Abro el cuaderno y me encuentro con un 'rico y fuerte' anotado al lado de un Tannat que compré en la vinería de la calle 21 de Setiembre. No me sirve de nada. No sé por qué era rico, no sé si la fuerza era de alcohol o de esa sensación que te raspa la lengua. Tres semanas después, esa nota es un papel en blanco.
Un apunte administrativo antes de seguir: en este diario a veces vas a ver enlaces a cursos o herramientas de Hotmart. Si terminás anotándote en algo a través de esos links, la plataforma me deja una comisión. A vos no te sale ni un peso uruguayo más caro, el precio es el mismo. Solo recomiendo cosas que pasaron por mi mesada y por mi tarjeta. Si algo me parece muy caro o no me convenció, lo digo igual porque mi cuaderno no miente. Obviamente, no soy sommelier ni médica; si tenés dudas sobre consumo o salud, consultá con un profesional de verdad.
El problema de los adjetivos vacíos
Cuando empecé con este ritual en febrero de 2024, pensaba que con la memoria me alcanzaba. Me sentaba los domingos a escribir y ponía cosas como 'suave' o 'frutado'. El problema es que para mayo ya tenía diez botellas 'suaves' y ninguna se parecía entre sí. Sentía que estaba tirando la plata de la botella de 750ml si después no podía recuperar ese sabor en la cabeza. El roce de la tapa dura del cuaderno contra la mesa de madera me daba una culpa sorda cada vez que lo abría para anotar algo tan vago.
Me pregunté si gastar tanto en un curso de coctelería para una aficionada era un delirio. Pero estaba cansada de no tener palabras. Me anoté en el Curso Coctelería de Autor Online, que tiene una calificación de 4.9 y me terminó salvando el cuaderno. Lo que aprendí ahí sobre el equilibrio entre lo dulce, lo amargo y lo ácido no solo me sirvió para mezclar gin con cosas. Me dio el vocabulario para entender por qué un vino me estaba gustando o por qué me daban ganas de vaciar la copa en la bacha de la cocina.
La estructura que me salvó el domingo
Después de unos meses de garabatos, entendí que necesitaba un sistema. No algo profesional de revista, porque no tengo ganas de andar buscando 'notas de grafito' o 'cuero de montura'. Necesitaba algo que una UX writer freelance pudiera llenar mientras espera que se caliente el agua del mate. Dividí las hojas de mi cuaderno en cuatro partes fijas. Es un método que saqué de una mezcla entre el curso y lo que leí en libros de usados.
- Vista: Solo anoto el color si me llama la atención. Si es un tinto que parece tinta china o un blanco que parece agua. No mucho más.
- Nariz: Lo primero que huelo apenas saco el corcho. A veces es 'pasto mojado', otras veces es 'el caramelo que hacía mi abuela'. Uso mis propios recuerdos, no un manual.
- Boca: Acá es donde aplico lo del equilibrio. ¿Es ácido como un limón? ¿Es amargo como el café que me olvidé en la mesa? ¿Me deja la lengua seca? Para esto me sirve mucho saber cómo identificar el cuerpo del vino.
- Veredicto: ¿Lo volvería a comprar para un asado o es solo para tomar sola un martes viendo una serie?
La diferencia con el mundo profesional
Acá es donde me separo de lo que leés por ahí. Un camarero o un sommelier en turno de servicio no tiene tiempo para esto. Ellos usan códigos, notas de voz rápidas o sistemas de puntos porque el ajetreo no les permite sentarse a pensar en el roce del papel. Yo sí. Mi ventaja es el silencio de Pocitos los domingos. Organizar el cuaderno para un aficionado es un acto de egoísmo sano: escribís para tu 'yo' del futuro, no para impresionar a nadie en una barra.
A veces me equivoco. Hace un par de sábados anoté que un Malbec era 'demasiado madera' y cuando lo volví a probar con un pedazo de queso, era otra cosa totalmente distinta. Esos errores también van al cuaderno. La cuchilla mellada por un tomate que corté para la picada a veces deja una marca en la hoja, y eso también es parte del diario. No es un catálogo de perfección, es el registro de mis fines de semana.
Herramientas que ayudan (y las que no)
Probé aplicaciones en el celular, pero la pantalla me saca del momento. Prefiero el papel. Si estás buscando algo más profundo que simplemente anotar etiquetas, el Master en Coctelería y Mixología tiene unos módulos sobre vinos de mesa que están buenos, aunque tiene pocas reseñas (vi solo 4 la última vez). Me sirvió para entender la estructura de las bebidas antes de pasarlas al papel. Si recién arrancás y no querés complicarte, el Curso Coctelería Clásica Online es más directo y barato.
Lo importante es no dejar que el cuaderno se convierta en una tarea. Si un sábado no tengo ganas de anotar nada porque la charla con amigos estaba mejor que el vino, no anoto. El cuaderno está para servirme a mí, no al revés. A veces, una mancha de vino tinto en la hoja dice más sobre la noche que tres párrafos de descripción técnica.
Hoy el agua del mate ya está a punto. Miro mi cuaderno A5 y veo que las hojas se están terminando. Me gusta ver el lomo ensanchado por la humedad y el uso. No soy experta, todavía me confundo cepas si la botella me engaña, pero al menos ya no pongo 'rico y fuerte'. Ahora sé que ese Tannat tenía una acidez que me recordaba a las ciruelas que compraba en la feria de los sábados. Y eso, para mí, es suficiente para empezar el domingo. La botella vacía queda en el mostrador, esperando que baje la basura, mientras yo cierro el cuaderno hasta el próximo fin de semana.